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Tengo afición por perder el tiempo

By Oyoga
In agosto 12, 2014
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Yo, que siempre he pertenecido al mundo del hacer y de la impaciencia, no entendía una tarde sin hacer nada porque era tiempo perdido y con él, la inquietud de lo que me estaba perdiendo me impedía la serenidad.

Cuando empecé a caminar por el sendero del yoga, empecé a observar, empecé a meditar, y empecé a apreciar los momentos de silencio, los momentos de “no hacer” y, en definitiva, los momentos de atención y escucha. Entendí entonces, que la vida no se trataba de hacer, sino más bien de Ser, de estar presente, de observar, de apreciar lo que es tal y como es, de la más simple y pura cotidianidad, eso era la vida. 

Con el tiempo, la práctica me llevó a la calma y la calma me llevó a algo que no esperaba, a tener suficiente. El tiempo me llevó a la serenidad y con la serenidad empecé a mirar las tardes de los lunes y a detenerme en los escaparates antes de la hora de comer. Empecé a escuchar sin reloj, a mirar a los ojos sin juzgar y a abrirme a lo que pudiera recibir, por muy cotidiano que lo considerara mi crítica mente. Y con el tiempo aprendí, que “el mismo tiempo” es sólo una forma de organización que nos autoimponemos, pero que no es una condición de vida. Desde entonces, empecé permitirme “perder el tiempo” y a “jugar”, a relajarme y a disfrutar de este regalo que es vivir. 

Hoy día puedo decir, que tengo afición por perder el tiempo y por jugar, por andar despacio y mirar los tejados, por asomarme a ver si hay luna, por oler el café que me permito por las mañanas y por sentir si la brisa cambia su temperatura o velocidad, y no deseo más, porque tengo más que antes, sencillamente porque ahora lo aprecio.

No he perdido mis sueños, sigo trabajando por ellos, pero desde que “pierdo el tiempo”, he recuperado mi vida. Quizás haya perdido lo que antes pensaba que era “el mundo”, la influencia y el ridículo poder que creía tener, pero he recuperado mi alma. Y además puedo decir, con la certeza del que no tiene nada que perder, que si las cosas a mi alrededor se desmoronan, pues dejo que se desmoronen, porque sé que yo no tengo el control, y porque el miedo se fue con la prisa y la impaciencia, y cuando no hay miedo, todo lo demás recupera su valor.

Hasta la próxima,

Lourdes Vidal

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